
El 1 de diciembre de 2024, en el Teatro Concha Segura de Yecla, tuvo lugar el Concierto Extraordinario de Santa Cecilia a cargo de la Banda de la Asociación de Amigos de la Música de Yecla. Siempre me he preguntado por qué lo llaman “extraordinario” si se celebra todos los años sin excepción, aunque para mí aquel concierto lo fue en el sentido más pleno de la palabra.
Los que estuvisteis aquel día en el teatro pudisteis ver por primera vez una obra para banda sinfónica y dos cantantes en vídeo, de unos doce minutos de duración, en la que trabajé durante aproximadamente ocho meses. No de manera exclusiva, por supuesto; hay que hacer más cosas en esta vida.
Ahora que he hecho la vista atrás y repaso el proceso de composición de esta obra, me doy cuenta de que fue un proyecto extraordinario por varias razones.
Lo primero que tuve claro fue que quería hacer una obra diferente al repertorio bandístico en todos sus aspectos: sonoro, conceptual, estético y estructural. No por rechazo a la música de banda —con la que mantengo una fuerte conexión—, sino por la voluntad de explorar un camino distinto y más libre. En mis obras para formaciones más pequeñas suelo trabajar con música electrónica, imagen y texto. Cuando recibí el encargo de la AAMY, vi una buena oportunidad para trasladar esta concepción creativa a la banda con la que crecí musicalmente y de la que formé parte en mi infancia y adolescencia.
En los momentos previos a la escritura de la obra, estuve leyendo mucho sobre la necesidad de cuestionar por qué hacemos lo que hacemos en nuestra vida cotidiana: cuáles son nuestras motivaciones, qué nos condiciona, por qué actuamos de una manera y no de otra, etc. Por ello, me pareció adecuado trasladar estas preguntas a la obra, ya que son cuestiones que pueden interpelar a personas de todas las edades, géneros y procedencias, como ocurre habitualmente en el Concierto de Santa Cecilia de Yecla.
Facta, non verba o monólogos del hacer comenzó en Zaragoza, cuando pedí al compositor, amigo y escritor Alejandro Álvarez que escribiera el texto para los cantantes a partir de estas preguntas. Él creó dos monólogos para dos personajes muy distintos, que nunca se comunican entre sí, pero que comparten las mismas preguntas, aunque no necesariamente las mismas respuestas. Su texto fue extraordinario; en él vi no solo un gran potencial literario, sino también una gran carga musical implícita.
Más tarde, en Granada, entré en un bloqueo creativo. Estaba barajando distintas ideas sobre la forma de la obra, los materiales musicales…, pero no conseguía concretar un camino claro. Además, la falta de referencias dentro del repertorio bandístico en este tipo de propuestas hacía el proceso aún más incierto. Por casualidad, uno de mis profesores de Composición en Zaragoza, Guillermo Cobo, se encontraba esos días en Granada. Así que quedé con él para tomar un café (con hielo, porque era agosto en Granada) y pedirle ayuda para salir de ese bloqueo. Ambas cosas funcionaron: la conversación me ayudó a reconducir el proceso y el café me devolvió la energía para volver a casa y escribir sobre el pentagrama.
Semanas más tarde, la partitura estaba terminada. A partir de ahí quedaba el trabajo de grabar a los cantantes, ensayar con la banda, montar el vídeo y preparar el concierto. La grabación no fue sencilla, ya que no sabíamos con certeza cómo encajarían después los cortes, los espacios y el audio en el resultado final. Sin embargo, ¿qué sería del proceso creativo sin asumir ciertos riesgos? Marian Ramírez (soprano) y Alejandro Martín (tenor) realizaron un trabajo extraordinario, dando vida a los personajes y afrontando un registro interpretativo nuevo para ellos.
Zaragoza, Granada, vuelta a Zaragoza y finalmente Yecla: allí comenzaron los ensayos con la banda. Fue un reto para todos montar una obra de estas características, en la que el resultado final aún era incierto. Diferentes energías, velocidades, densidades y ritmos que había que encajar con precisión, trabajando siempre con máxima concentración para que todo se integrara con la parte vocal.
El 1 de diciembre de 2024 llegó el día del concierto, y todavía no sabíamos con certeza cómo iba a funcionar la obra en su conjunto ni cómo la recibiría el público. Fue al escuchar el último compás cuando pensé: “Ahora la obra sí que está terminada”. Sinceramente, clavaron la obra. A día de hoy escucho la grabación y me cuesta encontrar fallos significativos. Todo el tiempo invertido mereció la pena. Al final, el resultado —como era de esperar con la Banda de la AAMY— fue extraordinario.
Juan Manuel Palao Pérez.