A ciegas

¿A ciegas? ¡Qué extraño! Pero sí, has leído bien. A ciegas.

Hay diferentes formas de estar en el mundo, aunque básicamente son dos principales y fundamentales: alerta, atento a lo que ocurre a tu alrededor o a ciegas, experimentando la vida en automático, por costumbre, siguiendo día a día una rutina preconcebida sin saber muy bien por qué y para qué.

¿Y, qué es más fácil? ¿Qué es mejor? ¿Qué es más conveniente? ¿Vivir a ciegas, o alerta?

Aunque aparentemente es más sencillo vivir a ciegas (caracterizado por ir cada uno a la suya y dar la espalda a lo que al otro le sucede con la excusa que no me importa), o más bien sin hacerte caso, ni escuchar las sensaciones que nuestro cuerpo trasmite hasta que es tarde y tal vez irremediable, o más básico aún, evitar sentir a toda costa no vaya a ser que el río que llevas en tu interior se desborde. Ir a ciegas es transitar por el mundo en posición de víctima constante, buscando las razones de la presente y perpetua amargura en el pasado o en el otro. La frase que martiriza a modo de látigo es: me han hecho. Me han hecho daño, me han hecho esto o aquello.

 

Sin embargo, en mi muy personal opinión y bajo mi modo de percibir el mundo que me rodea la música es el acicate perfecto para abrir los ojos mentales y esa antena parabólica que todos llevamos dentro llamada intuición.

La música activa el observador, ese que dice: ¡mira! La música activa la capacidad de darnos cuenta y estar siempre alerta y siempre atentos a cada pentagrama, a cada sonido, a cada tono, a cada acorde, arpegio y matiz.

La música si lo deseas es capaz de provocar estados de conciencia alterados. Ni la droga más potente, ni el alucinógeno más reciente en el mercado puede hacer lo que hace la música. La música cierra las puertas a las barreras mentales y a los prejuicios, dejando atrás para siempre el sistema de visión convencional, esto es, la ceguera, porque una visión parcial y fragmentada es ceguera.

Una visión que te limita a no sentir es ceguera; una visión que impide expresarte en libertad es ceguera; una visión que calla emociones y sensaciones es ceguera. En cambio, la música es visión pura, absoluta y prístina. Para ella no hay víctimas ni victimarios, ni ofensas ni ataques, ni guerras ni ideologías partidistas. Puesto que estas son otra forma de ceguera mental. Para la música lo único importante eres tú, lo único importante soy yo. ¡Qué más le da las enfermedades y el miedo! ¡Sí son otra forma de ceguera!

La música no olvida, porque el olvido es ceguera. La música es niña, porque en la niñez está la visión absoluta, o lo que es lo mismo, la visión de Dios y el universo todo. Ella susurra al oído palabras de aliento, divinas palabras encaminadas a trasformar los límites conocidos en experiencias fascinantes y plenas de vida, como la salida o la puesta del sol. Ella dice que un nuevo amanecer está llegando y llega. El presente está aquí y ahora y mi piano lo confirma.

El tiempo tradicional es asimismo una forma de ceguera y por ello la señorona música lo varía y lo desvaría. ¡Qué más dan los relojes! No miden el tiempo real, miden las ilusiones cuyo objetivo es dormirnos. No obstante, la música grita, ¡Despierta, despierta, despierta! Despierta porque despertar es ver, despertar es crear y crear es ver. Despertar significa liberarnos del dolor y el sufrimiento, porque estos provocan ceguera crónica.

Volar.

Volar es otra forma de ver sin filtros y sin miedos, ya que estos son cegueras enmascaradas. La falta de amor es ceguera enmascarada, estar en guerra con todo y con todos es ceguera manifiesta.

Aun así, siempre tenemos el poder de elegir entre la ceguera o la visión, la luz o la oscuridad.

La libertad, la visión y la música son las puertas que abren el universo.

 

Concepción Mora Forte.

Alumna de la Escuela de Música.

 

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