Existen diversas formas para comunicar, para expresarse, para hacer llegar un mensaje. Generalmente lo hacemos a través de la palabra, hablada o escrita, a pesar de que esta pueda ser malinterpretada o puesta en entredicho por nuestro destinatario. Por ello, he creído conveniente trazar ciertas similitudes con otros lenguajes, como me ha sugerido la contemplación de la recién inaugurada escultura de Emilio Pascual, El abrazo de la música. En esa obra, el escultor ha buscado la síntesis y la fusión de dos lenguajes, de dos formas de expresión diferentes, y ese resultado se convierte en un regalo, en una ofrenda que la Asociación de Amigos de la Música lega al pueblo de Yecla.

Una escultura comunica ideas, emociones y visiones del mundo a través de la materia y del espacio, sin necesidad de palabras. Como todo lenguaje, dispone de un vocabulario (metal, madera, piedra…), una gramática que busca la relación entre el volumen y el vacío, la proporción y la escala. En ella, la sintaxis se convierte en la forma en la que la obra está organizada en el espacio y dialoga con el que la contempla. Se podría decir que su lenguaje es sensorial y corporal porque no solo se mira, se siente. También es un lenguaje abierto y polisémico, es decir, no impone un significado único, porque cada persona completa el sentido desde su experiencia, su memoria y su posición frente a la obra. El mensaje que se recibe a través de la escultura no es posible traducirlo dado que se experimenta.
Por su parte, la música, como lenguaje, también es capaz de expresar y provocar emociones, ideas y estados de ánimo sin necesidad de las palabras. Al igual que la escultura, dispone de un vocabulario propio (los sonidos, los silencios…), una gramática que parte del ritmo, de la melodía o de la armonía. Su sintaxis permite la organización de los sonidos dentro de una composición. Sin embargo, a diferencia de la escultura, la música solo existe mientras sucede. No se puede rodear ni detener sin que deje de ser música. Se comprende en el tiempo, a través de la escucha y la memoria. Por eso se suele afirmar o se puede pensar que su lenguaje es evanescente y afectivo.
La música es forma en el tiempo mientras que la escultura es forma en el espacio. Ambos lenguajes comparten el hecho de que no pueden traducirse, pero sí pueden experimentarse. Ambas están fundidas en la obra El abrazo de la música y lo hacen para representar e idealizar un gesto sencillo que dice cosas enormes y transmite valores universales. Esto es así porque un abrazo es el acto de acercarse al otro y rodearlo, pero también es una forma de decir estoy aquí sin palabras. En un abrazo caben el consuelo, la alegría, la despedida, el reencuentro y el perdón. Un abrazo puede durar segundos; otras veces se queda mucho más tiempo dentro de nosotros.
Mediante un abrazo nos sentimos protegidos, reconocidos y unidos a alguien. Nos recuerda que tenemos un cuerpo y que no estamos solos. Ese abrazo puede ser silencioso, torpe, intenso o suave, pero casi siempre es honesto. En consecuencia, un abrazo de música podríamos definirlo como ese momento en el que un sonido te envuelve como si alguien te entendiera por completo. Es la música diciéndote que ahí puedes quedarte, que esto también eres tú. Es el arte haciendo lo que mejor sabe hacer, esto es, cuidarnos.

La obra presentada por Emilio Pascual es más que una escultura. Es un abrazo que no tiene brazos, y a pesar de ello nos envuelve; un abrazo que no habla, pero que nos entiende; en definitiva, un abrazo hecho de música. Esta escultura nos recuerda que la música no se limita a sonar, sino que toca; que nos atraviesa, nos sostiene y nos reúne. Es un abrazo invisible que cruzará generaciones, culturas y fronteras. Un abrazo que no preguntará quién eres, de dónde vienes o qué idioma hablas. Simplemente te recibirá.
El abrazo de la música aspira a ser un punto de encuentro. Un lugar donde alguien se reconozca en una melodía, donde el otro halle consuelo, donde muchos descubran que, aunque diferentes, podemos latir juntos. Ante una obra de esta naturaleza, se puede decir que se celebra el arte. Pero sobre todo debemos celebrar lo que el arte hace por nosotros, porque nos abraza cuando las palabras no alcanzan. Una escultura abrazo también significa que el arte deja de ser solo objeto y se convierte en relación. La obra no se completa sin quien la habita, sin quien la recorre, sin quien se deja tocar por ella. Que una escultura sea un abrazo nos transmite que el arte puede cuidar, que puede acompañar. Y que, incluso en el silencio, puede decir no estás solo.
Emilio Pascual nos invita a través de su obra a que la música siga abrazándonos, a que sepamos escucharnos con o sin palabras. Ello, unido a la generosidad de la Asociación de Amigos de la Música de Yecla y a la de quienes de forma anónima y desinteresada han facilitado su realización, ha permitido que este abrazo, hecho forma, permanezca abierto para todos, esté a disposición de todos. ¿Existe mejor regalo para un pueblo que un abrazo?
Miguel Ángel Puche Lorenzo
Universidad de Murcia