Por Ana Benavides
Catedrática del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid
En junio de 2024, una buena amiga mía, Soledad Cánovas del Castillo, me llamó para ofrecerme un tesoro. Ella conocía mi compromiso con un voluntariado de la Universidad Carlos III de Madrid en residencias de mayores, en donde periódicamente y desde 2021 voy con otros músicos, estudiantes y profesionales, a ofrecer conciertos. Me ofrecía un piano al que ya no le daban uso y que necesitaban dar salida pues la casa de su hermana y cuñado, Luis Sierra Iceta, dueño del piano, la ponían en venta y nada podía quedar en ella. Tan pronto me llamó, fui a verlo y efectivamente se trataba de una joya de museo. Era una antiguo Erard de gran cola de 1880. Un piano así era realmente un tesoro, pero no tenía cabida en mi voluntariado.
Requería de una reparación integral para la que no contaba ni con el tiempo ni con el dinero suficiente. Fue así como mi marido, Pedro Rubio, yeclano de pro y muy vinculado a la banda, consideró que la actual escuela de música podía ser el mejor lugar para albergar el instrumento. Es así como se dispuso su traslado en el verano de 2024 y desde entonces ocupa un lugar de honor en la entrada de la escuela.
57573 es su número de registro. Todos los pianos llevan un número de serie que viene a ser, por así decirlo, como su matrícula y viene impreso desde fábrica. Gracias a este número hemos podido datar su fecha de fabricación: 1880. El piano está fabricado en París y llega presumiblemente a la familia de Luis Sierra Iceta a finales del XIX o principios del XX, pues en el pasado muchos pianos se adquirían de segunda mano. Se trata de un modelo de cola de concierto, con mecanismo de doble escape (patentado por los Erard en 1821), barraje de hierro, dos pedales (una corda y un pedal forte) y cordaje paralelo, pues el cordaje cruzado, con el que cuentan actualmente todos los pianos, fue incorporado por los Erard en 1895.
La excepcionalidad de este instrumento estriba además en el hecho de que la mayor parte de la producción estaba conformada por pianos de mesa, instrumentos mucho más asequibles y destinados mayormente al uso doméstico y a pianistas aficionados. Los pianos de gran cola eran muy caros, estaban destinados mayormente a pianistas profesionales, las grandes salas de concierto o los grandes salones aristocráticos.
Del piano conocemos que se inventó hacia 1700 de la mano de un constructor italiano, Bartolomeo Cristofori, empleado por la familia Medici de Florencia desde 1688. Los Medici atesoraban además de una colección de más de cuarenta relojes, otra de unos 40 instrumentos, entre ellos 33 claves, dos clavicordios y dos órganos positivos. Necesitaban por tanto de un buen artesano para su conservación. Cristofori, diestro en la construcción de claves, fabrica su nuevo piano partiendo lógicamente del clave, al que le incorpora un mecanismo para poder tocar con dinámicas, esto es, con diferente potencia sonora, algo impracticable en los antiguos claves. De ahí surge el nombre del nuevo instrumento: clave col piano e forte, posteriormente pianoforte, para finalmente quedar como piano. Es un periodista, Scipione Maffei, el que da la noticia del nuevo instrumento en 1711 en el Giornale de’letterati d’Italia. Hoy día quedan tan solo tres pianos firmados por Cristofori: un piano de 1720 que se conserva en el Metropolitan de Nueva York; otro de 1722 atesorado por el Museo Nazionale degli Strumenti Musicali de Roma y un tercero datado en 1726 y perteneciente al Museum für Musikinstrumente de la universidad de Leipzig. Este último, pese a ser el más “nuevo”, es el más original de los tres pues es el que menos reparaciones ha sufrido.
España, que contaba con una extraordinaria tradición en instrumentos de tecla con el órgano como principal exponente, sería una buena receptora de los nuevos instrumentos. Así lo muestra tantos los tratados publicados como los instrumentos conservados. España está a la cabeza en tratados específicos para tecla. De 1540 data el primero de ellos, Arte nuevamente inventada para aprender a tañer, de Gonzalo de Baena, músico castellano al servicio del rey. Este tratado fue curiosamente descubierto hace pocos años, a finales del siglo XX, debido a un error de catalogación, pues el libro se había catalogado como “arte de tejer”. El piano más antiguo existente a día de hoy data de 1745 y es un piano de Francisco Pérez Mirabal, un malagueño de Antequera, y se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. De fecha posterior, de 1777, procede un instrumento extraordinario y único, un triple instrumento, un piano-clave-órgano, del murciano Tadeo Tornel, y actualmente en posesión del Museo de Bellas Artes de Murcia.
Hacia el siglo XIX y XX, la construcción de pianos ya era habitual. Se fabricaban pianos de mesa sobre todo para el uso doméstico, para las tertulias y salones, y junto a los de factura nacional también serían frecuentes los importados sobre todo de Francia, Alemania y posteriormente Japón. España era muy receptiva a los nuevos pianos que finalmente desbancarían a otros instrumentos de tecla como el clave o el clavicordio.
No podemos en cambio decir lo mismo de Francia, sede de la casa Erard, un país que aún a finales del XVIII se aferraba con fuerza a los claves. El piano no solo era poco conocido, sino que además era un instrumento poco apreciado y que nunca podría desbancar al majestuoso clave. Francia, patria del clave o clavecín, era por entonces muy conservadora y no sería hasta finales del XVIII y principios del XIX cuando aflore una actividad solvente en la construcción de pianos. Su primer artífice sería Sebastian Erard, artesano nacido en Estrasburgo. Considerado como niño prodigio para las ciencias, funda su fábrica en 1780 en la parisina rue du Mail, una calle en la que vivirían entre otros Napoleón Bonaparte en 1790 y el compositor Gaspare Spontini en 1803. Sebastian, junto a su hermano Jean-Baptiste, inicia un negocio emergente en la Francia de entonces y centrado en la construcción de pianos y más tarde también de arpas. Contarán con el apoyo de la misma María Antonieta, y en 1786, vaticinando el desastre que se avecinaba, deciden abrir una sucursal en Londres. En 1810 construyen un piano para Napoleón y en 1814 obtienen medalla de oro en una exposición nacional francesa. Sería la antesala de los muchos galardones que recibiría la casa Erard.
Secundada por Pierre Erard tras la muerte de los hermanos, los pianos Erard alcanzarán su máximo apogeo en 1855 con la más alta distinción en la Exposición Universal de París. En 1872 sería la fábrica de pianos más importante de Francia con un total de 315 empleados frente a los 231 de la casa Pleyel, su principal competidor. Fueron más de 100 000 los pianos salidos de las dependencias de los Erard desde su fundación hasta 1886. A principios del siglo XX, la producción decaería notablemente ante la enorme competencia que se abría paso sobre todo con los pianos alemanes y japoneses. La casa Erard fue finalmente adquirida por la firma Gaveau en 1959. Su último modelo exitoso fue el Mezzo, un modelo vertical de reducidas dimensiones y con un mecanismo similar a los de cola.
La historia del piano debe mucho a los Erard. Aunque incorporados a su fabricación de forma tardía, a ellos se les atribuye la invención del mecanismo de doble escape, nouveau genre d’echappement, patentado en 1821 en Londres y un año después en París. Este mecanismo permitía mayor agilidad para la repetición de notas sucesivas además de un mayor control sobre los pianissimo. Este sistema cambiaría la historia del piano. Tal es su relevancia que algunos estudiosos han situado la línea de demarcación entre el antiguo y nuevo piano a partir del mecanismo de doble escape. Precisamente sobre un piano con nuevo mecanismo de doble escape debutaría en 1884 un jovencísimo Franz Liszt de apenas 13 años, primero en Londres y luego en París. La nueva patente Erard despertó réplicas en otros constructores. Broadwood intentaría un sistema similar presentado por el pianista Theodor Döhler en un concierto en Manchester el 19 de junio de 1839. Otras tentativas llegarían de la mano de Henri Herz, de Antoine-Jean-Denis Bord en 1846, o de Jean-Georges Kriegelstein, un alumno de Jean-Henri Pape, y autor de un sistema de repetición en 1844 que fue ampliamente reconocido e imitado por otros constructores. Los Pleyel en cambio serían reacios en un principio al nuevo invento. Hoy día el mecanismo de doble escape se ha incorporado de lleno a la fabricación de pianos.
Los Erard abrirían además una editorial de música y una gran sala de conciertos en París que recibiría entre otros al mismo Franz Liszt o a Ignaz Paderewsky. Este último debutaría el 3 de marzo de 1888 con la asistencia entre otros de Cortot, Saint-Saëns, Chaikowsky o Gounod. El éxito fue tal que hubo de interpretar nada más y nada menos que doce bises.

Haydn, Hummel, Thalberg, Steibelt, Moscheles, Herz, Verdi o Mendelssohn fueron algunos de los clientes de los Erard. Pero entre todos los pianos despachados, destaca el que la casa regaló a Beethoven en 1803, un piano de cola con número de serie 133. Este piano era absolutamente excepcional. Contaba con cuatro pedales: un pedal convencional de resonancia, otro de laúd, un tercero moderador y una corda. Este piano se conserva hoy en el Oberösterreichischer Landesmuseum de Linz (Austria). Parece que dejó de funcionar correctamente hacia 1810, aunque Beethoven lo conservó hasta 1824, cuando se lo regala a su hermano Johann, tal y como atestigua la correspondencia del genio de Bonn. La realeza europea sintió bastante inclinación hacia los Erard. La reina Isabel II de España adquiriría además de pianos Erard, un arpa doble, otorgando además a la casa Erard el título de “Constructor Honorario de Pianos y Arpas de la Casa Real”. El rey Jorge IV de Inglaterra o María Pavlovna, hermana del zar Alejandro I de Rusia, también poseerían magníficos pianos Erard.
La Fundación Hazen de Madrid conserva uno de los primeros pianos construidos por los Erard. Se trata de un piano de mesa de 1791, con cinco octavas de extensión, mecanismo inglés, doble cordaje y con un teclado chapado en marfil (naturales) y en ébano (alteradas) y con número de serie 2206. Varios Erard atesora Patrimonio Nacional (España). Entre ellos se encuentra uno de cola datado en 1845-50, con siete octavas de registro y dos pedales y conservado en el Colegio de Doncellas Nobles de Toledo. Un Erard de cola de la misma época y similares características alberga los Reales Alcázares de Sevilla. Otros dos modelos de cola posteriores, de 1875-80 y 1880-85, y muy similares, se localizan en el Palacio Real de Oriente (Madrid).